Agile: un nuevo modelo de gestión

Agile es una nueva cultura y una nueva mentalidad que trae una profunda transformación en las formas de gestionar las organizaciones. ¿Por qué afirmamos esto? Porque la agilidad  habilita –aunque no garantiza por sí misma- la posibilidad de construir organizaciones centradas en las personas.

En efecto: el foco de la agilidad está puesto en crear cada vez más valor para el cliente, a través de la innovación. Para ello este enfoque busca tejer redes de pequeños equipos autogestionados que trabajan en forma colaborativa, sobre la base de la mutua confianza y de una estructura más horizontal que toma la forma de una red de competencias. Bajo la hegemonía de agile se prioriza la capacidad más que la autoridad, y todos los integrantes de la organización deben aportar a la innovación.

Contrariamente a lo que acontecía cuando la  mentalidad burocrática dominaba las formas de gestión (siglo XX), la cultura de la agilidad no pone el acento en maximizar las ganancias para los accionistas o la empresa. Y tampoco se rige por reglas fijas, ni por el control jerárquico ni las estructuras burocráticas. Por el contrario: su obsesión es el cliente y la mejora de su experiencia. Y su “caldo de cultivo” es la colaboración.

 

Flujos de valor

En una época signada por la aceleración de los cambios y el poderío creciente del cliente (y no ya de las marcas o las empresas) como centro del universo comercial, se requiere una forma distinta de administrar las organizaciones, que en los hechos fue cobrando forma alrededor del concepto de agile.

Bajo la égida de la agilidad el diseño del trabajo se plasma en “pequeños equipos autoorganizados que trabajan en ciclos cortos, capaces de comprender al cliente, interactuar con él, probar algo diferente e iterar gradualmente hacia algo que creará más valor para el cliente”.

Teniendo en cuenta que con la revolución digital las barreras de entrada para iniciar un negocio cayeron de manera dramática y potencialmente cualquiera puede iniciar una empresa, hoy la competencia es sustancialmente mayor. Esto pone a la agilidad en el centro de la escena, ya que las organizaciones no pueden dormirse en los laureles y “necesitan basar su empresa en flujos de valor”, si es que no quieren quedar opacadas por los nuevos desarrollos disruptivos.

En una investigación reciente el 60% de los encuestados dijo que la agilidad le ayudó a incrementar a velocidad de comercialización, en tanto que el 58% afirmó que agile mejoró la productividad del equipo de trabajo. Estos aportes son invaluables, particularmente luego de las ásperas condiciones impuestas por la pandemia de coronavirus.

Adaptarse rápidamente a las condiciones cambiantes de los negocios es una premisa esencial en los días que nos toca vivir. Por ello no debería sorprender que más y más organizaciones se estén inclinando por la agilidad –y por los procesos y estructuras ágiles-, no ya únicamente como camino para desarrollar software o manejar proyectos puntuales, sino como el enfoque adecuado para gestionar las organizaciones en su conjunto.



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